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11 de abril de 2019

Hacer trampas: ¿un rasgo inherente del ser humano?

Desde que nacemos, los seres humanos tratamos de quebrantar las normas: es algo que nos viene de serie, y lo usamos para explorar y conocer nuestros límites en las primeras edades, por diversión cuando crecemos un poco más, y en la edad adulta, normalmente para obtener el mayor beneficio invirtiendo el mínimo esfuerzo. Hay quienes son consideramos más honestos, pero de una manera u otra, todos hemos hecho trampas. Dice la cultura popular que cada uno defrauda hasta donde le dejan, de ahí que por norma general las personas con mucho poder como los políticos o los deportistas de élite lleguen a cometer el fraude fiscal en una mayor proporción. Económicamente no les haría falta, tienen todo lo que puedan desear, entonces... ¿por qué lo hacen? Sencillamente, porque pueden, y porque la mayor parte de las veces salen ilesos de la situación.
Proyectamos la imagen del tramposo como aquel que hace uso de anabolizantes para ganar una competición o el que hace uso del conteo en blackjack para ganarle al croupier pero... ¿acaso no sería trampa cuando fingimos que un hijo tiene dos años menos para pagar un importe menor para acceder a un parque de atracciones? ¿Saltarse la cola en el supermercado? ¿Copiar en un examen? Incluso, a edades tempranas, llevar relleno en el sostén. Son otras maneras de picardía para obtener un resultado positivo, sea en una prueba, sea para llegar a una aceptación social. Los pequeños hurtos en tiendas de snacks, adulterar medidores o sencillamente saltarse los límites de velocidad cuando estamos seguros de que no hay un radar. Todo cuenta en un día a día plagado de pequeños trucos a los que no le damos importancia pero que consisten, una y otra vez, en saltarse las reglas para conseguir un beneficio.
Se ha estudiado el perfil del tramposo, de dónde viene, si es cuestión de dónde se ha criado la persona, si la trampa es una manera de escapar de las circunstancias, o si es pura genética y herencia de los progenitores. Sin embargo, aunque el entorno puede afectar significativamente al comportamiento y a si se decide optar por esta vía rápida o no, parece que esta tendencia a saltarse las normas existe desde el nacimiento, no sólo de los bebés humanos, sino que en el reino animal la picaresca está igualmente desarrollada y se emplea tanto en la lucha por ser el alfa como sencillamente para imponerse ante otras especies, cazar o evitar ser cazado. Es un factor estratégico, en algunas especies más rudimentario y en otras más perfeccionado. Desde el pez que cuenta con un cebo luminoso e hipnótico en las profundidades del océano para atraer a sus presas, hasta el bebé que llora sin que le pase nada para que su mamá no se aleje demasiado.
Lógicamente, si las circunstancias son áridas, se hará uso de todo tipo de estrategias, sean de luego limpio o de juego sucio, con tal de sobrevivir o llegar más lejos, y esto es semejante en los seres humanos y en las especies animales, pero si algo está claro es que nacemos con estas facultades, pues en las edades más tempranas, simplemente en el entorno lúdico, ya se empieza a hacer uso de las trampas a niveles más discretos o descaradamente.